Jueves, 9 de Septiembre del 2021

Un proyecto nacional para el desarrollo


El último proyecto de desarrollo nacional en la Argentina se produjo en el siglo Veinte desde tres grandes vertientes: el aporte a la civilidad democrática del Radicalismo; la reivindicación de la justicia social, los trabajadores y el modelo de sustitución de importaciones del Peronismo del siglo XX y la visión estratégica del Desarrollo y la industrialización de todas las regiones del país, aportado por el Desarrollismo.

Históricamente la Argentina se fue consolidando como nación a partir de una clase media empoderada, basada en la cultura del esfuerzo y el trabajo, con la salud, la educación, la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción. Pero actualmente la inseguridad, la salud y la educación son los problemas más acuciantes para nuestra sociedad, junto con los fenómenos nefastos de la inflación, la pobreza, la inestabilidad y falta de empleo. En este contexto aparece la división "INTERIOR-AMBA" que es profunda y sistémica y está presente en la división territorial de la Argentina desde los días de Mayo de 1810, dado que ambas partes representan a lo largo de la historia intereses geoestratégicos opuestos y diferentes, muy difíciles de conciliar, involucrando a las dos fuerzas políticas mayoritarias -radicales y peronistas- responsables en conjunto de la profunda decadencia y el atraso que padece la sociedad argentina toda, pero afectando principalmente a los sectores más humildes, condenados como espectadores pasivos y cautivos del nefasto sistema de poder a padecer la violencia, la miseria y el atraso como resultantes últimas de las políticas regresivas aplicadas, por lo menos, durante los últimos cincuenta años. Particularmente en el escenario recesivo y paralizante de la economía doméstica, asfixiada por el estatismo populista retrógrado que con un funesto discurso ideológico de la década de los años 70 ha dejado a la Argentina como un intérprete del medioevo en el contexto global, que hoy impulsa la Cuarta Revolución Industrial.

De ahí que resulta imperativo y absolutamente prioritario encarar la cuestión social y la guerra contra la pobreza, que además de ser una exigencia social y moral es una prioridad del desarrrollo económico, integrando el proceso productivo con el mercado interno y una agresiva política exportadora abierta a todos los mercados del mundo. El país tiene que reindustrializar su aparato productivo, comprendiendo la industria tradicional pero incorporando también, perentoriamente, las tecnologías que habiliten y fortalezcan los sectores del conocimiento, de la actividad productiva más sofisticada, de la educación, de la investigación, de lo que se llama "la sociedad del conocimiento", llave maestra para el desarrollo de los pueblos en el Siglo 21.

El cuadro de situación de la economía argentina, obviamente agravado por el impacto de la pandemia, nos muestra la destrucción sistemática de puestos de trabajo, una profunda recesión y desorden, difícilmente comparables con cualquier otra etapa de la historia económica argentina, ya que la riqueza generada cayó más del 10% el año pasado, y el crecimiento de la desocupación y la subocupación fueron letales para el mercado interno, donde cerca del 51% de la población se encuentra en estado de pobreza, y un 20% de indigentes definen claramente el estado de postración. Ni que hablar de los llamados "planes sociales", instrumentados desde el Ministerio de Desarrollo Social como estandarte señero del "pobrismo", impulsado por la ortodoxia gobernante, que -entre el Plan Alimentario o Tarjeta Alimentaria y el plan Potenciar Trabajo, al 31 de Agosto de este año suponen una erogación de quinientos siete mil millones de pesos volcados por el Estado Nacional, de cuyo gasto total el 41,5% fue a la provincia de Buenos Aires y apenas un 4% vino a nuestra provincia. Sin dejar de resaltar que el conjunto de los planes más representativos del asistencialismo dadivoso del Estado nacional, impotente y complaciente para todo menos para generar trabajo genuino, aplica unos ocho mil trescientos millones de dólares (U$S 8.300 m) al año en alrededor de diez millones de beneficiarios, sustraídos voluntaria e imperativamente de tal forma a cualquier posibilidad de educación o capacitación para el trabajo. Eso sí, esta impresionante masa de gente mantenida por los gravosos impuestos -cuasi exacciones- que tributan los que trabajan, conforma una formidable maquinaria electoral, manipulada y direccionada en función de los intereses espurios de la coalición gobernante.

Adquiere singular relevancia advertir que ni el Estado ni el mercado tienen ya el monopolio de las decisiones, siendo esencial la formulación de políticas públicas con la articulación público-privada de estrategias que impulsen procesos de desarrollo virtuosos para el interés nacional y provincial.

En el umbral de nuestro estancamiento crónico -ahora regresión fehaciente- se encuentra la corrupción institucional como factor determinante de todas las políticas sociales y económicas de los últimos gobiernos, abarcativa del segmento kirchnerista que en sus trece años de gobierno ha implementado la  corrupción estructural como elemento esencial de su operatividad administrativa, como los modelos neoliberales centrados en la valorización financiera, la ultra concentración de la riqueza y desnacionalización de empresas, que han utilizado a la política para el beneficio individual y no como parte de un proceso de transformación y construcción orientado al bien común.

Cuando se habla del déficit crónico de las cuentas del Estado, es preciso catalogar como causas concomitantes y concurrentes del déficit fiscal o de la cuenta de capital al gasto público desbocado y también a la fuga de capitales, en éste último caso con la virtuosa excepción de los segmentos de la actividad agropecuaria comprometidos con el pensamiento nacional, que reinvierten sus ganancias en el país, generando y acompañando una verdadera revolución tecnológica del sector, incorporando valor agregado de magnitud y calidad a la producción e impulsando fuertemente las exportaciones de sus productos, aún contra la asfixiante y retrógrada voracidad fiscal del Estado.

Entre las causas estructurales del estancamiento y la decadencia  debemos enumerar la ausencia de generación de divisas en las magnitudes suficientes y genuinas para financiar los procesos de desarrollo, fenómeno estimulado por la fuga de capitales y el recurrente deterioro de los términos del intercambio comercial, toda vez que el país incorpora sistemáticamente "bienes intermedios" importados, con su impacto negativo en la balanza comercial, sin dejar de considerar el rumbo errático, regresivo, contradictorio y altamente nocivo de las políticas cambiarias aplicadas en las últimas décadas. En ello han incidido decisivamente las políticas inspiradas en teorías monetaristas, defensoras a ultranza del modelo de valorización financiera, que detentan una visión reduccionista de la economía, absolutamente impotente para promover los objetivos de  industrialización del país. 

Desde que consideramos a la "Política" como la ciencia más eminente de la realidad de las cosas, compartimos los principios y valores republicanos, como la separación irrestricta de los poderes del Estado, la independencia absoluta del Poder Judicial, la publicidad de los actos de gobierno, periodicidad en el ejercicio de la función pública y la defensa a ultranza de los valores democráticos, reflejados a través de la libertad de conciencia, de expresión, etc. Se impone entonces -perentoriamente- la formulación de un PROYECTO NACIONAL, que exija de los gobiernos nacional y provinciales la inmediata aplicación de las medidas adecuadas que propicien la inversión productiva, los avances de la tecnología dirigidos a cambiar su estructura productiva, como condición imprescindible para dar un salto cualitativo hacia el desarrollo.

Advertimos que sólo el trabajo humano aplicado al aparato de producción (que es trabajo humano pretérito acumulado) es capaz de crear riqueza, riqueza para la subsistencia y un excedente para la acumulación,  sin olvidar que el ahorro y la inversión tienen un nexo de identidad en la acumulación. Bajo estas condiciones, proponemos discutir un modelo de desarrollo nacional diversificado y de industrialización con reformas estructurales profundas, para que nunca más tengamos una emergencia alimentaria, edificando los sólidos cimientos de un proceso de desarrollo sostenido con justicia social, de cultura del trabajo y de cooperación, de diálogo y transparencia, a fin de acelerar todas las dinámicas de la industrialización sustentable, inteligente y tecnológica en términos del siglo XXI.

Es imperativo entonces estimular la confluencia de todas las clases y sectores sociales porque es una aspiración noble, sustentada en el desarrollo como fenómeno cualitativo que presupone la integración productiva (desde la energía y la industria de base a los productos terminados), la integración geo-económica de las distintas regiones del país mediante el fomento de las economías regionales y su integración física mediante infraestructura de comunicación, carreteras y transportes, única base para un federalismo en serio, un mercado interno integrado y la mayor garantía para la defensa de la soberanía nacional y, no menos importante, la integración social, en tanto sólo el desarrollo nacional será el instrumento mediante el cual sacaremos de la pobreza a la amplia franja de compatriotas que los modelos populistas y neoliberales mantienen en la exclusión para utilizar como clientela política. Deberá ser el Estado Nacional el que, en tanto representante de la nacionalidad, deba ejecutar una agresiva política de desarrollo sustentada en el tiempo. El imperativo determinante de la hora es poder superar la estructura dela mediocridad, el fracaso y el pobrismo, para dejar de ser un país periférico, subdesarrollado con niveles escandalosos de pobreza, para lo cual convocamos a la política con mayúscula y vocación patriótica a retomar el debate por un nuevo modelo de desarrollo industrial.

Para reafirmar estos valores propiciamos distanciarnos drásticamente de la nefasta polarización que han estimulado las dos coaliciones mayoritarias a nivel nacional, quienes comparten el lastre de haber impulsado y agravado la trágica decadencia argentina de los últimos 40 o 50 años, cada vez que gobernaron. Para ello, aspiramos a convocar al electorado joven para construír una alternativa política para transformar el país, impulsando la urgente conformación de un PROYECTO NACIONAL que abra los caminos del desarrollo para la Argentina en el contexto del siglo 21.